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Vozvrashchenie

Andrey Zvyagintsev, Rusia (2003)
Venía a decir Ítalo Calvino durante uno de los muchos y apasionantes diálogos entre el viajero veneciano Marco Polo y el Gran Emperador Khan, en los cuales las ciudades descritas pasaban a considerarse espejos, negaciones, superposiciones, y por qué no, la suma de todos ellos, que, cuando se hace uso de la palabra, las imágenes y recuerdos se borran.

Evidentemente, al experimentado explorador le atemorizaba que las bellas descripciones con que embelesaba a su estimado amigo Khan trajeran consigo, por el contrario, una distorsión de la realidad espacio-temporal que había experimentado en tan variopintos lugares.

Quizás al joven Vanya fueran las palabras y el tiempo esos agentes que habían ido desmoronando la realidad que un día significara la figura de su padre. Se podría afirmar incluso que el abandono del padre había generado dislocaciones en su personalidad, de forma que estuviesen latentes temores y miedos, como los que pervivían en Marco Polo, y, por el contrario, una dignidad y un orgullo estoicos.
En la apertura del filme del cineasta ruso Andrei Zvyagintsev, Ivan aparece subido en lo más alto de un torreón de madera en presencia de su hermano mayor Andrei y unos amigos: todos ellos se lanzan al agua menos él; pero, dolido, humillado, e incapaz de asumir su derrota, se mantiene en la cima durante varias horas en total soledad, pese al frío y al viento, hasta que su madre consigue convencerle de que debe ceder en su propósito. La madre, que había cuidado de sus dos hijos en ausencia del progenitor, es la única persona que habría sido capaz de bajar a Ivan de ese torreón simbólico que constituía su vergüenza.

Tras una nueva discusión del resentido pequeño con Andrei, ambos se asoman por la rendija de una de las estancias de su casa extrañados por unos ruidos procedentes del interior, y contemplan, atónitos, la silueta tendida de su olvidado padre en idéntico escorzo al del Cristo muerto de Mantegna.
Conmocionados, ambos increpan a su madre, incapaces de comprender por qué alguien que para ellos ya les era extraño regresaba después de tanto tiempo a reinstaurarse como su padre. Sin embargo, el halo de esperanza de recibir la respuesta a todos los interrogantes que se habían ido acrecentando en sus almas con el paso de los días, así como el deseado arrepentimiento de su padre les hacía mantener un resquicio en su interior todavía receptivo.

Los aconteceres, sin embargo, se desarrollarán de un modo completamente opuesto: como si el pasado hubiese sido cortado de raíz, o dos tiempos anacrónicos hubiesen decidido entrelazarse, el momento en que la familia se sienta a cenar, en una atmósfera escénica netamente dreyeriana, deja clara la perdurable autoridad del padre, quien entra en último lugar en el comedor, instando a la madre a servir el vino a la mesa, incluido a sus hijos, sin dirigirse en ningún caso a ellos ni mostrar ápice alguno de afectividad.
Es a la mañana siguiente cuando el enigmático individuo lleva a Andrei e Ivan a pasar un día de pesca. La imperturbable dignidad y desconfianza de Ivan hacia su padre, así como la marcada actitud dominante de este, y en algunos casos cruel, con sus hijos provocará desde el primer momento una atmósfera de tensión, de calma amenazante (o amenazada) que estallará en lamentables episodios en los que el espectador progresivamente se va sumergiendo e identificando con la figura del niño.

¿De dónde viene? ¿Qué ha hecho durante tanto tiempo? ¿Es realmente piloto como afirma la madre? Puede que sean excusas con las que cubrir un pasado en prisión, pero es igualmente cierto que entre los dos padres no existe comunicación alguna, no parece que ni tan siquiera se hayan estado esperando después de tan largo periodo de tiempo.

Todas estas cuestiones que se agolpan en la mente de Ivan toman cuerpo después de que su padre lo abandone en medio de la carretera bajo un denso manto de lluvia:

-       Dime, ¿Por qué viniste? ¿Para qué? ¿Por qué nos has traído de viaje? No nos          necesitas, sin ti estábamos muy bien con mamá y la abuela, ¿Para qué nos necesitas?
-       Mamá me pidió que viniera a veros
-    ¿Mamá te pidió que vinieras? ¿Mamá? ¿Y tú? ¿Qué piensas tú?
-      Yo también quería estar con vosotros
-    ¿Para qué? ¿Para burlarte de nosotros?

Una vez alcanzan la playa, el padre les comenta que pasarán unos días en una isla abandonada. Para alcanzarla, preparan una barca, la impermeabilizan con brea y cruzan el territorio acuoso que la separa de tierra firme. Para entonces, Ivan ya reniega completamente de su padre, e incluso el odio empieza a apoderarse de él: “Si me toca le mato”, le comenta a su hermano en el interior de la tienda de campaña durante la primera noche en la isla.
Al día siguiente, el padre les insta a explorar la isla, a lo que Ivan se resiste. Se siente humillado, pero también sin el apoyo que busca de su hermano, el cual es mucho más condescendiente que él con la estricta actitud que el padre manifiesta. Guardando una cierta distancia con ambos, finalmente les sigue hasta un elevado faro situado en el corazón de la isla, momento en el que revive los temores que le invadieron en el torreón. Es, quizás, en este momento cuando existe una mayor afinidad entre Andrei y el padre, posiblemente porque al último le complace la sumisión y la permisividad que su hijo mayor le concede.

Avanzada la tarde, el padre se separa de los hermanos para dar un paseo por la isla aunque, en realidad, se dirige premeditadamente a una cabaña abandonada a recoger un cofre situado bajo tierra, poniéndose de manifiesto que el interés real de este por arribar a la isla no era el de la convivencia con sus hijos. En paralelo, estos van en busca de gusanos con los que poder disponer de cebo para la pesca, localizándolos en el interior del hoyo que, apenas unos minutos antes, su padre había excavado sin que ellos lo supieran.

El detonante que desencadenará la tragedia última será el retraso de Andrei e Ivan con respecto a la hora previamente acordada con su padre cuando estos marchan a pescar. El padre golpea repetida y fuertemente a Andrei, al que había cedido el reloj y, por tanto, la responsabilidad de controlar el tiempo de su actividad, e Ivan reacciona amenazándole con la navaja que le había sustraído previamente, temeroso de que pudiera presentarse una situación de este tipo.

-       ¡Quieto! Si le tocas te mato.
-       Me matas…
-     ¡Fuera! ¡Aléjate de él! Aléjate, déjale. No vuelvas a tocarle. Podría quererte si fueras distinto, pero eres una mala persona. ¡Te odio! No te atrevas a torturarnos, no eres nadie, ¡Nadie!
-      Te equivocas hijo…

Encolerizado y asustado, se marcha corriendo hacia el interior de la isla, dirigiéndose al faro y, venciendo sus miedos, consigue escalarlo. Su padre, mientras tanto, impresionado por las palabras de Ivan, y dando por primera vez muestras de afecto y preocupación por su hijo, corre detrás suya; tratando de llegar a él, se precipita al vacío y muere al momento.
Andrei e Ivan, visiblemente perturbados, sobre todo el pequeño, que ahora siente una enorme carga de culpabilidad y responsabilidad por lo acontecido, arrastran el cuerpo fenecido de su padre hasta la orilla y lo disponen encima de la barca. Como sucediera en el cierre de Dead Man, el cuerpo finalizará su viaje en las profundidades del agua.

Será más tarde cuando los dos hermanos descubran en la guantera del coche una foto antigua que conservaba su padre en la que aparecían los tres juntos.
En efecto, la gran mayoría de interrogantes que aparecen al inicio del filme se mantienen latentes tras la conclusión: ¿Quién era realmente el padre? ¿De dónde y por qué habría venido después de doce años de ausencia?, e incluso se incorporan algunos nuevos: ¿Llevaría el cofre algo que deseaba mostrar a sus hijos? ¿Si no hubiese caído al vacío en el instante en que mayor debilidad emocional mostró habría cambiado la relación entre ellos?

El espectador llega a la conclusión de que lo menos importante son las respuestas, Vovrazshchenie es un viaje de sensaciones y experiencias, una inclusión en el interior del alma torturada del pequeño Ivan cuyo  acceso se facilita a través de las miradas de odio, los diálogos desgarrados y esa enorme urdimbre de hilos enquistados que no parecen tener fin ni principio.

Como toda verdadera obra de arte, Vozvrashchenie responde a la precisa y acorde definición que el filósofo Miguel Florián concede al objeto artístico: La obra de arte la reconocemos porque nos reclama, porque nos seduce. Para ser cuanto debe precisa de nuestra mediación. Ese requerimiento precisa de un sujeto que se siente solicitado; sin él la obra jamás quedaría conclusa. Su cumplimiento es múltiple: cada observador la culmina desde la intransferible atalaya de su mirada. Su intrínseca apertura nos conmina a terminarla. Para que esto ocurra debe poseer un acceso por donde sea posible penetrar para, una vez en su interior, cerrarla, y así cumplirla. Es una oquedad que, en verdad, ambiciona colmarse”. Y es que el cariz en que se va tornando el relato progresivamente trata de alejarse de una concepción unívoca para que el receptor sea el que lo concluya, o el que desee seleccionar lo verdaderamente influyente e imprescindible.

La profunda identificación del espectador con la atmosféra que se respira, con los gestos, actitudes y aconteceres que acompañan el viaje de la familia quebrada no podría haberse llevado a cabo de forma tan eficiente de no ser por la magistral interpretación de Ivan Dobronravov (Ivan), así como la medida dureza que expone Konstantin Lavronenko (Padre). Todo ello acompañado de una fotografía excelsa, teñida de filtros translúcidos grisáceos y azulados que le confieren un aire marcado de misticismo y penumbra, e igualmente de la sutil composición de Andrei Dergatchev, que, con apenas cinco o seis acordes, acompaña la imagen con destellos adecuados a momentos de incertidumbre o tensión calibrada.

Por otra parte, el cine de Zvyagintsev responde al ritmo y a los contraluces (así como a la marcada presencia del agua, que llega a ser tratada casi a modo de personaje protagonista) de su compatriota Andrei Tarkovski, con quien, sin duda, se siente notoriamente identificado. Por otra parte, los fotogramas paisajísticos, en que se aprecian trigales, bosques y el omnipresente mar, responden a otros grandes directores del género como el heleno Theo Angelopoulos, el húngaro Bela Tarr o el también ruso Alexander Sokurov.

El desgraciado y triste colofón de la película lo constituye la muerte del actor Vladimir Garin, quien interpretaba al hermano mayor Andrei, en los mismos lagos próximos a San Petersburgo en donde se rodaron algunas de las escenas, apenas tres meses después del rodaje y sin llegar a verla totalmente depurada y concluida. Paradójicamente, Zvyagintsev, en su guión inicial, consideró la posibilidad de la muerte del personaje de Andrei, que finalmente descartó. En esta ocasión, el destino quiso recuperar los papeles arrojados a la basura de manera cuanto menos mordaz, lo que por otra parte confirma lo débil que puede llegar a ser la línea que separa los argumentos ficcionarios de los reales.